nada dentro. Ya lo miré antes —dijo Lestrade.
« „4 de oct., habitación 8 s., desayuno 2 s. 6 d., cóctel 1 s., almuerzo 2 s. 6 d., copa de jerez, 8 d.“ No le veo nada de particular a eso.»
—Es muy probable que no. De todos modos, es sumamente importante. En cuanto a la nota, también es importante, o al menos las iniciales lo son, así que la felicito de nuevo.
—Ya he perdido bastante tiempo —dijo Lestrade, poniéndose de pie—. Yo creo en el trabajo duro y no en sentarme junto al fuego a devanarme los sesos con teorías rebuscadas. Buenos días, señor Holmes, y ya veremos quién llega al fondo del asunto primero.
Recogió las prendas, las metió en el saco y se dirigió hacia la puerta.
—Solo una pista para usted, Lestrade —dijo Holmes arrastrando las palabras antes de que su rival desapareciera—; le diré la verdadera solución del asunto. Lady St. Simon es un mito. No existe, ni ha existido jamás, una persona semejante.
Lestrade miró con tristeza a mi compañero. Luego se volvió hacia mí, se dio tres golpecitos en la frente, negó con la cabeza solemnemente y se apresuró a marchar.
Apenas había cerrado la puerta tras de sí cuando Holmes se levantó para ponerse el abrigo.
—Hay algo de cierto en lo que el buen hombre dice acerca del trabajo al aire libre —comentó—, así que creo, Watson, que tendré que dejarle con sus papeles por un momento.
Eran más de las cinco cuando Sherlock Holmes me dejó, pero