de un hombre noble.
Una noche —era en junio del 89— sonó el timbre de mi puerta, a la hora en que un hombre da su primer bostezo y echa un vistazo al reloj. Me incorporé en el sillón, y mi mujer dejó la labor en su regazo y puso una pequeña mueca de decepción.
—¡Un paciente! —dijo ella—. Tendrás que salir.
Gemí, pues acababa de regresar de un día fatigoso.
Oímos abrir la puerta, unas pocas palabras apresuradas y, luego, unos pasos rápidos sobre el linóleo. Nuestra propia puerta se abrió de par en par y una señora, vestida con una tela de algún color oscuro y con un velo negro, entró en la habitación.
—Disculpe que llame tan tarde —comenzó, y luego, perdiendo repentinamente el autocontrol, corrió hacia adelante, rodeó