Holmes se había incorporado en el sofá, y le vi hacer un gesto como el de un hombre que necesita aire. Una criada cruzó corriendo y abrió la ventana de par en par. En el mismo instante le vi levantar la mano y, ante la señal, arrojé mi cohete al interior de la habitación gritando: «¡Fuego!». No bien hube pronunciado la palabra cuando toda la multitud de espectadores, elegantes y mal vestidos —caballeros, mozos de cuadra y criadas—, se sumaron a un grito general de «¡Fuego!». Densas nubes de humo se enrollaron por la habitación y salieron por la ventana abierta. Alcancé a ver fugazmente unas figuras que corrían, y un momento después la voz de Holmes desde dentro les aseguró que era una falsa alarma. Escabulléndome entre la multitud que gritaba, me dirigí a la esquina de la calle y, al cabo de diez minutos, me alegró encontrar el brazo de mi amigo junto al mío y alejarme de la escena del tumulto. Caminó con rapidez y en silencio durante unos cuantos minutos hasta que doblamos por una de las calles tranquilas que conducen hacia Edgeware Road.
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