Y ahora vemos que nuestro autor ha previsto el descenso y la transmisión del poder monárquico de Adán, o dominio paterno, a la posteridad, mediante la herencia de su heredero, que sucede en toda la autoridad de su padre y se convierte, a su muerte, en señor tanto como lo era su padre, «no solo sobre sus propios hijos, sino sobre sus hermanos» y todos los descendientes de su padre, y así in infinitum.
Pero, aun así, quién sea este heredero no nos lo dice ni una sola vez; y toda la luz que de él recibimos en un punto tan fundamental es únicamente que, al utilizar en su ejemplo de Jacob la palabra primogenitura como aquello que pasó de Esaú a Jacob, nos deja adivinar que por heredero entiende al hijo mayor; aunque no recuerdo que mencione expresamente en ninguna parte el título de primogénito, sino que se escuda todo el tiempo bajo el amparo del término indefinido heredero.
Pero tomando por significado suyo que el hijo mayor es el heredero (pues si el mayor no lo fuera, no habría pretexto para que los hijos no fueran todos herederos por igual) y que así, por derecho de primogenitura, tiene dominio sobre sus hermanos, esto es solo un paso hacia el establecimiento de la sucesión, y las dificultades persisten tanto como siempre, hasta que pueda mostrarnos a quién se refiere por heredero legítimo en todos aquellos casos que puedan ocurrir en que el poseedor actual no tenga un hijo.
Esto lo pasa en silencio, y quizás con sabiduría también: pues ¿qué puede haber más sabio, después de haber afirmado que «la persona que posee ese poder, así como el poder y la forma de gobierno, es ordenanza de Dios y por institución divina», véase O. 254, p. 12, que tener cuidado de no plantear ninguna cuestión acerca de la persona, cuya resolución lo conducirá ciertamente a la confesión de que Dios y la naturaleza no han determinado nada sobre ella?