Pues si alguien se toma la molestia, en aquellas partes que aquí se han dejado intactas, de despojar los discursos de sir Robert del adorno de sus expresiones dudosas, y se esfuerza por reducir sus palabras a proposiciones directas, positivas e inteligibles, para luego compararlas unas con otras, pronto se convencerá de que jamás se había reunido tanto disparate elocuente en un inglés de sonoro decir.
Si no le parece que vale la pena examinar toda su obra, que haga la prueba con la parte en que trata de la usurpación; y que intente ver si, con toda su habilidad, puede hacer que sir Robert resulte inteligible y coherente consigo mismo o con el sentido común.
No hablaría con tanta franqueza de un caballero, fallecido hace tiempo y incapaz de responder, si el púlpito, en los últimos años, no hubiera reconocido públicamente su doctrina y la hubiera convertido en la teología corriente de los tiempos.
Es necesario que aquellos hombres que, arrogándose el papel de maestros, han extraviado tan peligrosamente a otros, vean expuesta públicamente la autoridad de este su patriarca, a quien tan ciegamente han seguido; para que así puedan retractarse de lo que, sobre bases tan endebles, han proclamado y no puede sostenerse; o bien justificar aquellos principios que han predicado como si fueran el evangelio, a pesar de no tener mejor autor que un cortesano inglés.
Pues no habría escrito contra sir Robert, ni me habría tomado la molestia de señalar sus errores, contradicciones y ausencia de (lo que tanto presume y pretende basar enteramente en) pruebas bíblicas, de no haber entre nosotros hombres que, al ensalzar sus libros y adoptar su doctrina, me salvan del reproche de escribir contra un adversario difunto. Han mostrado tal celo en este punto que, si le he hecho alguna injuria, no puedo esperar que me perdonen a mí.