fijar una propiedad; todo lo que excede esto es más que su parte y pertenece a otros. Nada fue hecho por Dios para que el hombre lo eche a perder o lo destruya. Y así, considerando la abundancia de recursos naturales que hubo durante mucho tiempo en el mundo, y los pocos consumidores; y cuán pequeña era la parte de esos recursos a la que podía extenderse la industria de un hombre y acapararla en perjuicio de otros, manteniéndose especialmente dentro de los límites fijados por la razón de lo que podía servir para su uso; apenas había entonces espacio para disputas o contiendas acerca de la propiedad así establecida.
Pero siendo ahora la materia principal de la propiedad no los frutos de la tierra, y las bestias que en ella subsisten, sino la tierra misma; en cuanto que abarca y conlleva todo lo demás; creo que es evidente que la propiedad de esta también se adquiere del mismo modo que la anterior.
Tanta tierra como un hombre labre, plante, mejore, cultive y cuyo producto pueda usar, tanta es su propiedad. Él, mediante su trabajo, por decirlo así, la cerca de lo común.
Ni invalidará su derecho el decir que todos los demás tienen igual título sobre ella y que, por tanto, no puede apropiarse, no puede cercarla, sin el consentimiento de todos sus co-propietarios en común, de toda la humanidad.
Dios, cuando dio el mundo en común a toda la humanidad, también ordenó al hombre que trabajara, y la penuria de su condición se lo exigía. Dios y su razón le mandaron someter la tierra, es decir, mejorarla para beneficio de la vida, y añadir en ella algo que fuera suyo, su trabajo.
Quien, en obediencia a este mandato de Dios, sometió, labró y sembró cualquier parte de ella, añadió por ello algo que era su propiedad, sobre lo cual otro no tenía ningún derecho, ni podía arrebatárselo sin cometer injuria.