hubiera tenido la dicha de vivir bajo el gobierno de Masaniello, no habría podido, según esta su propia regla, dejar de rendirle homenaje con un «¡Oh rey, vive para siempre!», ya que la manera de gobernar de este mediante un poder supremo lo convertía propiamente en rey, a quien apenas el día antes era propiamente un pescador. Y si Don Quijote hubiera enseñado a su escudero a gobernar con autoridad suprema, nuestro autor, sin duda, habría sido un súbdito de lo más leal en la ínsula de Sancho Panza; bien debió de merecer algún ascenso en tales gobiernos, ya que creo que es el primer político que, pretendiendo fundamentar el gobierno sobre su verdadera base y establecer los tronos de los príncipes legítimos, le dijo alguna vez al mundo que «es propiamente rey aquel cuya manera de gobierno es mediante un poder supremo, por cualesquiera medios que lo haya obtenido»; lo que, en buen castellano, equivale a decir que el poder regio y supremo pertenece propiamente y de verdad a quien por cualquier medio pueda apoderarse de él; y si ser esto es ser propiamente un rey, me pregunto cómo se le ocurrió pensar en un usurpador, o dónde irá a encontrarlo.
Es una doctrina tan extraña, que la sorpresa que me causa me ha hecho pasar por alto, sin la debida reflexión, las contradicciones en las que incurre al señalar ora la herencia sola, ora únicamente la concesión o la herencia, ora solo la herencia o la usurpación, ora estas tres juntas, y por último la elección, o cualquier otro medio añadido a ellas, como las vías mediante las cuales la autoridad real de Adán, es decir, su derecho al supremo gobierno, pudo ser transmitida a los futuros reyes y gobernantes, de modo que les otorgara un título a la obediencia y subyección de los pueblos. Pero estas contradicciones son tan evidentes que la mera lectura de las propias palabras de nuestro autor las dejará al descubierto ante cualquier entendimiento común; y aunque lo que he citado de él (junto con una