la paternidad». Estas son las palabras de sir Robert en el prólogo citado anteriormente, y es una extraña deducción la que hace: Dios ha «dado la tierra a los hijos de los hombres, ergo el título proviene de la paternidad». Es una lástima que la propiedad de la lengua hebrea no hubiera utilizado «padres de hombres» en vez de «hijos de los hombres» para expresar el género humano; entonces, en verdad, nuestro autor habría contado con el respaldo de la sonoridad de las palabras para situar el título en la paternidad. Pero concluir que la paternidad tenía el derecho sobre la tierra porque Dios se la dio a los hijos de los hombres es una forma de argumentar peculiar de nuestro autor; y hay que tener unas enormes ganas de ir en contra tanto del sonido como del sentido de las palabras para dar con ella. Pero el sentido es todavía más difícil y más ajeno al propósito de nuestro autor: pues, tal como aparece en su prólogo, sirve para demostrar que Adán era monarca, y su razonamiento es este: «Dios dio la tierra a los hijos de los hombres, ergo Adán era monarca del
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IV. Del derecho de Adán a la soberanía por donación, Gén. 1:28
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