Las palabras son la maldición de Dios sobre la mujer por haber sido la primera y la más adelantada en la desobediencia; y si consideramos la ocasión de lo que Dios dice aquí a nuestros primeros padres, que estaba promulgando un juicio y declarando su ira contra ambos por su desobediencia, no podemos suponer que este era el momento en que Dios le concedía a Adán prerrogativas y privilegios, invistiéndolo de dignidad y autoridad, elevándolo al dominio y a la monarquía: pues aunque, como ayudante en la tentación, Eva fue situada por debajo de él, y así él tuvo accidentalmente una superioridad sobre ella, para su mayor castigo; aun así, él también tuvo su parte en la caída, así como en el pecado, y fue situado más abajo, como puede verse en los siguientes versículos; y sería difícil imaginar que Dios, en un mismo aliento, lo hiciera monarca universal de todo el género humano y jornalero por el sustento de su vida; lo expulsara del «paraíso para labrar la tierra», vers. 23, y al mismo tiempo lo ascendiera a un trono y a todos los privilegios y comodidades del poder absoluto.
Este no era un tiempo en el que Adán pudiera esperar ningún favor, ninguna concesión de privilegios, por parte de su ofendido Creador. Si esta es «la concesión original de gobierno», como nos dice nuestro autor, y Adán fue hecho entonces monarca, cualquier cosa que sir Robert quisiera que fuese, es evidente que Dios lo hizo un monarca muy pobre, uno tal que el propio autor no consideraría un gran privilegio ser. Dios lo pone a trabajar para ganarse la vida, y más bien parece ponerle una pala en la mano para sojuzgar la tierra, que un cetro para regir sobre sus habitantes. > «Con el sudor de tu rostro comerás tu pan», le dice Dios, ver. 19. Esto era inevitable, se responderá quizás, porque todavía estaba sin súbditos y no tenía a nadie que trabajara para él; pero después,