en Adán, y la transmisión de ese poder a sus herederos, no servirían de la menor utilidad para establecer la autoridad, ni para fundamentar el título, de ningún príncipe actual sobre la tierra; sino que más bien desestabilizarían y pondrían todo en tela de juicio: * pues, por mucho que nos diga nuestro autor, y por mucho que todos los hombres también lo crean, que Adán tuvo un poder paternal y, por ende, monárquico; * que este (el único poder en el mundo) descendió a sus herederos; * y que no hay otro poder en el mundo que este; aunque todo esto fuera una demostración tan clara como evidente error es; sin embargo, si no está fuera de toda duda a quién desciende este poder paternal y de quién es ahora, nadie puede estar bajo obligación alguna de obediencia; a menos que alguien quiera decir que estoy obligado a obedecer el poder paternal de un hombre que no tiene más poder paternal que yo mismo; lo cual es tanto como decir que obedezco a un hombre porque tiene derecho a gobernar; y si se me pregunta cómo sé que tiene derecho a gobernar, respondería que no puede saberse que tenga ninguno en absoluto; pues no puede ser motivo de mi obediencia aquello que sé que no lo es; mucho menos puede ser motivo de mi obediencia aquello que nadie en absoluto puede saber
Y, por lo tanto, todo este revuelo sobre la paternidad de Adán, la grandeza de su poder y la necesidad de su suposición, no sirve de nada para establecer el poder de quienes gobiernan, ni para determinar la obediencia de los súbditos que han de obedecer, si no pueden decir a quién deben obedecer, o no se puede saber quiénes han de gobernar y quiénes obedecer. En el estado en que se encuentra el mundo ahora, se ignora irremediablemente quién es el heredero de Adán. Esta paternidad, este poder monárquico de Adán descendiendo a sus herederos, no sería de