Tampoco esta apropiación de ninguna porción de tierra, mediante su cultivo, causaba perjuicio a ningún otro hombre, puesto que aún quedaba suficiente y tan buena como la anterior, y más de lo que los aún desprovistos podían usar.
De modo que, en efecto, quedaba todavía lo suficiente para los demás a pesar de su cercamiento para sí mismo: pues quien deja tanto como otro puede utilizar, es como si no tomara nada en absoluto.
Nadie podía considerarse perjudicado por que otro hombre bebiera, aunque se diera un gran trago, si se le dejaba un río entero de la misma agua para calmar su sed; y el caso de la tierra y el agua, cuando hay suficiente para ambos, es exactamente el mismo.
Dios dio el mundo a los hombres en común; pero puesto que se lo dio para su beneficio y para las mayores comodidades de la vida que fuesen capaces de extraer de él, no puede suponerse que pretendiera que permaneciera siempre común e inculto.
Se lo dio al uso de losindustriosos y racionales (y el trabajo había de ser su título para poseerlo), no al capricho o a la codicia de los belicosos y contenciosos.
Aquel a quien le quedaba tanto por mejorar como lo que ya había sido ocupado, no tenía por qué quejarse ni debía entrometerse en lo que ya había sido mejorado por el trabajo de otro; si lo hacía, era evidente que deseaba el fruto del esfuerzo ajeno —al cual no tenía derecho— y no la tierra que Dios le había dado en común con los demás para que la trabajara, de la cual quedaba tanta como la que ya estaba en posesión, y más de lo que sabía qué hacer o de lo que su industria podía abarcar.
Es verdad que en las tierras comunales de Inglaterra, o de cualquier otro país, donde hay abundancia de gentes bajo un gobierno, que tienen dinero y comercio, nadie puede cercar ni apropiarse de ninguna parte sin