mujeres, a lo sumo afectarán solo al sexo femenino y no implicarán más que la sujeción en la que ordinariamente deberían estar respecto a sus maridos; pero no hay aquí más ley para obligar a una mujer a tal sujeción, si las circunstancias, ya de su condición, ya de su contrato con el marido, la eximieran de ella, que la hay para que dé a luz a sus hijos con dolor y con pena, si pudiera hallarse un remedio para ello, lo cual es también parte de la misma maldición sobre ella; pues el versículo entero dice así: «A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera tus dolores y tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos, y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti».
Sería, a mi juicio, una tarea difícil para cualquiera, excepto para nuestro autor, haber descubierto una concesión de «gobierno monárquico a Adán» en estas palabras, que no le fueron dirigidas ni hablaban de él: como tampoco creo que nadie piense, por estas palabras, que el sexo más débil esté, por ley, tan sujeto a la maldición contenida en ellas, que sea su deber no intentar evitarla.
¿Y dirá alguien que Eva, o cualquier otra mujer, pecó si dio a luz sin aquellos dolores multiplicados con los que Dios la amenaza aquí? ¿O que alguna de nuestras reinas, María o Isabel, de haberse casado con alguno de sus súbditos, habría quedado por este texto en una sujeción política hacia él? ¿O que él habría tenido por ello un dominio monárquico sobre ella?
Dios, en este texto, no le concede, según veo, ninguna autoridad a Adán sobre Eva, ni a los hombres sobre sus mujeres, sino que solo profetiza cuál ha de ser la suerte de la mujer; cómo, por su providencia, dispondría las cosas de tal modo que ella estuviera sujeta a su marido, tal como vemos que, por lo general, las leyes de la humanidad y las costumbres de las naciones lo han dispuesto: y reconozco que para ello existe un fundamento en la naturaleza.