hombre libre, nunca se le deja entregado a la disposición de su propia voluntad (porque no conoce los límites de esta, al carecer de entendimiento, que es su guía adecuada), sino que continúa bajo la tutela y el gobierno de otros todo el tiempo en que su propio entendimiento sea incapaz de asumir ese encargo. Y así, los lunáticos y los idiotas nunca son liberados del gobierno de sus padres. > “Los niños, que aún no han llegado a los años en los que pueden tenerla; y los inocentes, a quienes un defecto natural excluye de tenerla jamás; tercero, los dementes, que por el momento no pueden tener en modo alguno el uso de la recta razón para guiarse a sí mismos; tienen por guía la razón que guía a los otros hombres, los cuales son sus tutores, para buscar y procurar su bien”, dice Hooker (Eccl. Pol. lib. I, sec. 7). Todo lo cual no parece ser más que ese deber que Dios y la naturaleza han impuesto al hombre, así como a las demás criaturas, de preservar a su descendencia hasta que puedan valerse por sí mismos, y apenas constituirá un ejemplo o prueba de la autoridad real de los padres.
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VI. Del poder paterno
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