Lector,
Tienes aquí el principio y el fin de un discurso sobre el gobierno; qué destino ha dispuesto de los papeles que debían haber llenado el medio, y que eran más que todos los demás, no vale la pena decírtelo.
Estos que quedan, espero que sean suficientes para establecer el trono de nuestro gran restaurador, nuestro actual rey Guillermo; para hacer válido su título en el consentimiento del pueblo —el cual, siendo el único fundamento de todos los gobiernos legítimos, lo tiene él más plena y claramente que ningún otro príncipe de la Cristiandad—, y para justificar ante el mundo al pueblo de Inglaterra, cuyo amor por sus justos y naturales derechos, junto con su resolución de preservarlos, salvó a la nación cuando se hallaba al borde mismo de la esclavitud y la ruina.
Si estos papeles contienen esa evidencia, que me halago se encuentra en ellos, no se echarán mucho de menos los que se han perdido, y mi lector podrá darse por satisfecho sin ellos.
Pues imagino que no tendré ni el tiempo ni la inclinación de repetir mis fatigas, ni de rellenar la parte faltante de mi respuesta rastreando de nuevo a Sir Robert a través de todos los devaneos y oscuridades que se encuentran en las diversas ramas de su maravilloso sistema.
El rey, y el cuerpo de la nación, han refutado desde entonces tan a fondo su hipótesis, que supongo que en adelante nadie tendrá la audacia de alzarse contra nuestra seguridad común para ser de nuevo defensor de la esclavitud, ni la debilidad de dejarse engañar con contradicciones vestidas con un estilo popular y periodos bien hilvanados.