Pues yo pregunto, cuando todo el género humano tenía todavía una sola lengua y estaba reunido en la llanura de Sinar, ¿estaban entonces todos bajo un solo monarca, «que disfrutaba del señorío de Adán por derecho que le descendía»? Si no lo estaban, es evidente que entonces no existía ningún pensamiento sobre el heredero de Adán, ningún derecho al gobierno conocido bajo ese título; ningún cuidado tomado por Dios o por el hombre de la autoridad paternal de Adán. Si cuando el género humano era un solo pueblo, habitaba todo junto, tenía una sola lengua y se disponía a edificar una ciudad en común; y cuando es evidente que no podían por menos de conocer al legítimo heredero —pues Sem vivió hasta los tiempos de Isaac, mucho después de la división de Babel—; si entonces, digo, no estaban bajo el gobierno monárquico de la paternidad de Adán, por derecho descendiente al heredero, es evidente que no se tuvo consideración alguna con la paternidad, que no se reconoció monarquía alguna debida al heredero de Adán, que no hubo imperio de Sem en Asia y que, por consiguiente, no existió tal división del mundo por Noé de la que nos ha hablado nuestro autor. En la medida en que podemos deducir algo de las Escrituras sobre este asunto, parece por este pasaje que, si tenían algún gobierno, era más bien una república que una monarquía absoluta: pues la Escritura nos dice, Génesis 11: «Dijeron»; no fue un príncipe quien mandó la edificación de esta ciudad y torre, no fue por mandato de un monarca, sino por la consulta de muchos, de un pueblo libre: «edifiquemos una ciudad»; la edificaron para sí mismos como hombres libres, no como esclavos para su
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XI. ¿Quién heredero?
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