cometido», con lo cual permite la resistencia cuando la tiranía está tan solo en proyecto. «Tales proyectos —dice—, cuando un rey los abriga en sus pensamientos y los promueve seriamente, abandona de inmediato todo cuidado y consideración por la comunidad»; de modo que, según él, el descuido del bien público debe tomarse como evidencia de tal propósito, o al menos como causa suficiente de resistencia. Y la razón de todo ello la da con estas palabras: «Porque traicionó o sometió a su pueblo, cuya libertad debería haber preservado cuidadosamente». Lo que añade, «al poder y dominio de una nación extranjera», no significa nada, ya que la culpa y la pérdida del derecho radican en la privación de su libertad, la cual él debió preservar, y no en distinción alguna respecto a las personas a cuyo dominio fueron sometidos. El derecho del pueblo es igualmente invadido, y su libertad perdida, ya sean convertidos en esclavos de alguien de su propia nación o de una extranjera; y en esto radica la afrenta, y solo contra esto tienen el derecho de defensa. Y pueden encontrarse en todos los países ejemplos que demuestran que no es el cambio de nación en las personas de sus gobernantes, sino el cambio de gobierno, lo que constituye la ofensa. Bilson, obispo de nuestra Iglesia y gran partidario del poder y la prerrogativa de los príncipes, reconoce, si no me equivoco, en su tratado sobre la sujeción cristiana, que los príncipes pueden perder su poder y su título a la obediencia de sus súbditos; y si fuera necesaria la autoridad en un caso donde la razón es tan clara, podría remitir a mi lector a Bracton, Fortescue, al autor del Mirror y a otros escritores que no pueden ser sospechosos de ignorar nuestro gobierno ni de ser enemigos de él. Pero pensé que el solo Hooker podría bastar para satisfacer a aquellos hombres que, confiando en él para su política eclesiástica, se ven llevados por un extraño destino a negar los principios sobre los cuales este la construye. Harían bien en examinar si con ello se convierten en instrumentos de artífices más astutos para derribar su propio edificio. De
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XIX. De la disolución del gobierno
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