Esto es tan evidente en las palabras llanas, que cualquiera menos nuestro autor habría considerado necesario haber demostrado cómo estas palabras, que parecían decir exactamente lo contrario, otorgaban «a Adán poder monárquico absoluto» sobre los otros hombres, o la propiedad exclusiva de todas las criaturas; y me parece que, en un asunto de esta importancia y sobre el cual fundamenta todo lo que sigue, debería haber hecho algo más que citar escuetamente unas palabras que aparentemente van en su contra; pues confieso que no logro ver en ellas nada que apunte a la monarquía de Adán o a su dominio privado, sino todo lo contrario.
Y menos deploro la torpeza de mi entendimiento en este punto, por cuanto veo que el apóstol parece tener tan poca idea de tal «dominio privado de Adán» como yo, cuando dice: «Dios nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos»; lo cual no podría hacer si todo hubiera sido ya entregado al monarca Adán, y a los monarcas, sus herederos y sucesores.
Para concluir, este texto está tan lejos de probar que Adán fuera el único propietario que, por el contrario, es una confirmación de la comunidad original de todas las cosas entre los hijos de los hombres; y dado que esto se desprende tanto de esta donación de Dios como de otros pasajes de las Escrituras, la soberanía de Adán, construida sobre su «dominio privado», tiene que venirse abajo por carecer de cualquier fundamento que la sustente.
Sin embargo, si a fin de cuentas alguien insiste en que por esta donación de Dios Adán fue hecho propietario único de toda la tierra, ¿en qué quedará su soberanía?, ¿y cómo se demostraría que la propiedad de la tierra le otorga a un hombre poder sobre la vida de otro?, ¿o cómo la posesión incluso de toda la tierra le daría a alguien una autoridad soberana y arbitraria sobre las personas de los hombres?