No negaré que, si miramos atrás tanto como la historia pueda guiarnos, hacia el origen de las repúblicas, por lo general las hallaremos bajo el gobierno y la administración de un solo hombre. Y también soy inclinado a creer que, cuando una familia era lo suficientemente numerosa como para subsistir por sí misma, y se mantenía entera y unida, sin mezclarse con otras —como suele suceder donde hay mucha tierra y poca gente—, el gobierno comenzó comúnmente en el padre; pues teniendo el padre, por la ley de naturaleza, el mismo poder que cualquier otro hombre para castigar, según creyera conveniente, cualquier ofensa contra dicha ley, podía con ello castigar a sus hijos transgresores, aun cuando ya eran hombres y estaban fuera de su tutela; y era muy probable que ellos se sometieran a su castigo y se unieran todos con él contra el infractor, a su turno, dándole con ello el poder para ejecutar su sentencia contra cualquier transgresión y haciéndolo así, de hecho, legislador y gobernador sobre todos los que permanecían unidos a su familia. Él era en quien más se podía confiar; el afecto paternal aseguraba sus propiedades e intereses bajo su cuidado; y la costumbre de obedecerle en su infancia hacía más fácil someterse a él que a cualquier otro. Si, por lo tanto, debían tener a alguien que los gobernara —ya que el gobierno difícilmente puede evitarse entre hombres que viven juntos—, ¿quién más apto para ser ese hombre que aquel que era su padre común, a menos que la negligencia, la crueldad o cualquier otro defecto de mente o cuerpo lo hicieran indigno de ello? Pero cuando el padre moría y dejaba a su heredero más cercano que, por falta de edad, sabiduría, valor o cualquier otra cualidad, resultaba menos
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VIII. Del comienzo de las sociedades políticas
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