Si en tales casos se produce algún mal, no debe achacársele al que defiende su propio derecho, sino a aquel que invade el de su prójimo. Si el hombre inocente y honrado debe renunciar tranquilamente a todo lo que tiene, por amor a la paz, ante quien ponga manos violentas sobre ello, deseo que se considere qué clase de paz habrá en el mundo, una que consiste únicamente en la violencia y la rapiña, y que ha de mantenerse solo en beneficio de los ladrones y opresores. ¿Quién no consideraría una paz admirable la que existe entre el poderoso y el humilde, cuando el cordero, sin resistencia, entrega su garganta para ser desgarrada por el lobo imperioso? La cueva de Polifemo nos ofrece un modelo perfecto de semejante paz y de semejante gobierno, en el que Ulises y sus compañeros no tenían otra cosa que hacer sino dejarse devorar tranquilamente. Y sin duda Ulises, que era un hombre prudente, predicaba la obediencia pasiva y les exhortaba a una sumisión pacífica, representándoles cuán importante era la paz para la humanidad y mostrándoles los inconvenientes que podrían ocurrir si se atrevían a resistir a Polifemo, que ahora tenía el poder sobre ellos.
El fin del gobierno es el bien de la humanidad: y ¿qué es mejor para la humanidad, que el pueblo esté siempre expuesto a la voluntad ilimitada de la tiranía; o que los gobernantes estén a veces expuestos a ser combatidos, cuando exceden el uso de su poder y lo emplean para la destrucción, y no para la preservación de las propiedades de su pueblo?
Ni permita nadie que se diga que de aquí puede derivarse daño alguno, tantas veces como a una cabeza inquieta o a un espíritu turbulento le plazca desear la alteración del gobierno. Es verdad que tales hombres pueden agitarse siempre que les plazca; mas no será sino para su propia y justa ruina y perdición: porque hasta que el