perderse, al alejarse de su compañía en la entonces vasta espesura de la tierra, que de verse apremiados por falta de espacio para sembrar. Y la misma medida puede permitirse todavía sin perjuicio para nadie, por muy lleno que el mundo parezca: pues suponiendo a un hombre, o a una familia, en el estado en que se hallaban durante el poblamiento inicial del mundo por los hijos de Adán o de Noé: que siembre en algunos lugares del interior y desocupados de América, veremos que las posesiones que pudiera procurarse según las medidas que hemos dado no serían muy grandes, ni, incluso a día de hoy, perjudicarían al resto de la humanidad, ni les darían motivo para quejarse o considerarse agraviados por la usurpación de este hombre; aunque la raza humana se haya extendido ahora por todos los rincones del mundo y supere con creces al pequeño número que había al principio. Es más, la extensión de terreno tiene tan poco valor sin el trabajo, que he oído afirmar que en la propia España a un hombre se le permite arar, sembrar y cosechar sin ser molestado en aquellas tierras sobre las que no tiene otro título que el de su sola utilización. Siquiera lo contrario, los habitantes se consideran agradecidos a quien, mediante su industria en tierras descuidadas y consecuentemente yermas, ha incrementado las reservas de grano que les faltaban. Pero sea como fuere esto, en lo cual no insisto: me atrevo a afirmar audazmente que la misma regla de propiedad (a saber: que cada hombre deba tener tanto como pueda utilizar) seguiría vigiendo en el mundo sin apremiar a nadie; puesto que hay tierra suficiente en el mundo para abastecer al doble de los habitantes, de no ser porque la invención del dinero, y el acuerdo tácito de los hombres para otorgarle un valor, introdujeron (por consentimiento) posesiones más amplias y un derecho sobre ellas; lo cual, cómo se ha llevado a cabo, lo mostraré más adelante con mayor detalle.
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V. De la Propiedad
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