Y esto saca a los hombres del estado de naturaleza para colocarlos en el de una república, mediante el establecimiento de un juez sobre la tierra, con autoridad para decidir todas las controversias y reparar los daños que puedan afectar a cualquier miembro de la república; el cual juez es el poder legislativo o el magistrado designado por él. Y siempre que haya cualquier número de hombres, de cualquier modo asociados, que no dispongan de un poder decisivo al cual apelar, allí se encontrarán todavía en el estado de naturaleza.
De donde es evidente que la monarquía absoluta, que por algunos hombres es tenida por el único gobierno del mundo, es en verdad inconsistente con la sociedad civil, y por tanto no puede ser ninguna forma de gobierno civil en absoluto; pues siendo el fin de la sociedad civil evitar y remediar estos inconvenientes del estado de naturaleza, que se siguen necesariamente de que cada hombre sea juez en su propio caso, mediante el establecimiento de una autoridad conocida, a la cual todos los miembros de esa sociedad puedan apelar ante cualquier agravio recibido, o controversia que pueda surgir, y a la cual todos los miembros de la sociedad deban obedecer; dondequiera que haya personas que no tengan tal autoridad a la cual apelar para la decisión de cualquier diferencia entre ellas, allí esas personas se encuentran todavía en el estado de naturaleza; y así se halla todo príncipe absoluto respecto de aquellos que están bajo su dominio.
Pues suponiéndose que él tiene todo el poder, tanto el legislativo como el ejecutivo, solo en sí mismo, no se encuentra juez alguno, ni hay apelación abierta para nadie que pueda decidir de manera justa, imparcial y con autoridad, y de cuya decisión se pueda esperar alivio y reparación por cualquier injuria o incomodidad que se sufra por parte del príncipe, o por su orden: > de modo que un hombre así, comoquiera que se le denomine, zar, gran señor, o como os plazca, se