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nydus/Two Treatises of GovernmentPublic
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VI. Del derecho de Adán a la soberanía por la paternidad

Si los precedentes bastan para establecer una regla en este caso, nuestro autor podría haber hallado en las Sagradas Escrituras a hijos sacrificados por sus padres, y esto entre el propio pueblo de Dios: el Salmista nos dice, Salmo 106:38: «Derramaron sangre inocente, la sangre de sus hijos y de sus hijas, los cuales ofrecieron en sacrificio a los ídolos de Canaán».

Pero Dios no juzgó esto según la regla de nuestro autor, ni admitió la autoridad de la costumbre en contra de su ley justa; sino que, como allí continúa, «la tierra se contaminó con sangre; se encendió, por tanto, el furor de Jehová sobre su pueblo, hasta haber aborrecido su heredad».

La matanza de sus hijos, aunque estuviera de moda, se les imputó como sangre inocente y, por consiguiente, tuvo ante los ojos de Dios la culpabilidad de asesinato, del mismo modo que ofrecérselos a los ídolos tuvo la culpabilidad de idolatría.

Sea pues, como dice sir Robert, que antiguamente era costumbre de los hombres «vender y castrar a sus hijos», O. 155. Sea que los expusieran; añádase a ello, si os place, pues esto es todavía un poder mayor, que los engendraban para sus mesas, para cebarlos y comérselos: si esto prueba que hay derecho para hacerlo, podremos, por el mismo argumento, justificar el adulterio, el incesto y la sodomía, pues de estos también hay ejemplos, tanto antiguos como modernos; pecados que supongo tienen su principal agravante en esto, que contradicen la intención principal de la naturaleza, la cual quiere el incremento del género humano y la continuación de la especie en la más alta perfección, y la distinción de familias, con la seguridad del lecho conyugal, por ser ello necesario.

En confirmación de esta autoridad natural del padre, nuestro autor aporta una prueba coja del mandato positivo de Dios en la escritura; sus palabras son: > «Para confirmar el derecho natural del poder regio, hallamos en el decálogo que la ley que impone

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