mayor utilidad para el gobierno de la humanidad de lo que lo sería para aquietar las conciencias de los hombres o asegurar su salud, si nuestro autor les hubiera asegurado que Adán tenía el poder de perdonar pecados o curar enfermedades, el cual, por institución divina, descendió a su heredero, mientras que es imposible conocer a dicho heredero. ¿Y acaso no obraría con la misma racionalidad quien, basándose en esta seguridad de nuestro autor, fuera a confesar sus pecados y esperara una buena absolución, o tomara medicinas con la expectativa de recuperar la salud de manos de cualquiera que se hubiera arrogado el nombre de sacerdote o médico, o se hubiera metido en dichos empleos diciendo: «Me acojo al poder de absolución que desciende de Adán», o «Seré curado por el poder medicinal que desciende de Adán»?, que aquel que dice: «Me someto y obedezco al poder paternal que desciende de Adán», cuando se confiesa que todos estos poderes descienden únicamente a su único heredero, ¡y ese heredero es desconocido?
Es verdad que los jurisconsultos civiles han pretendido determinar algunos de estos casos relativos a la sucesión de los príncipes; pero, según los principios de nuestro autor, se han metido en un asunto que no les pertenece: pues si todo poder político se deriva únicamente de Adán, y ha de descender solo a sus sucesivos herederos, por ordenanza de Dios e institución divina, este es un derecho antecedente y superior a todo gobierno; y por lo tanto las leyes positivas de los hombres no pueden determinar aquello que es en sí mismo el fundamento de toda ley y gobierno, y ha de recibir su norma únicamente de la ley de Dios y de la naturaleza.
Y que, guardando silencio sobre el caso, me inclino a pensar que no existe tal derecho que deba transmitirse de este modo: estoy seguro de que no serviría para nada si lo hubiera, y los hombres estarían más perdidos en lo que concierne al gobierno y a la obediencia a los gobernantes que si no existiera tal derecho; ya que mediante leyes positivas y pactos, los cuales la