muchas leyes para decidirles, ni de variedad de oficiales para supervisar el proceso o velar por la ejecución de la justicia, donde había apenas pocas transgresiones y pocos ofensores. Puesto que entonces aquellos que se apreciaban lo suficiente como para unirse en sociedad no puede dejar de suponerse que tenían cierto conocimiento y amistad mutua, y cierta confianza los unos en los otros; no podían dejar de tener mayores temores de los demás que los unos de los otros; y por tanto no puede sino suponerse que su primer cuidado y pensamiento fue cómo asegurarse contra la fuerza extranjera. Era natural para ellos ponerse bajo una forma de gobierno que sirviera mejor a ese fin, y elegir al hombre más sabio y valiente para que los condujera en sus guerras y los guiara contra sus enemigos, siendo este principalmente su gobernante.
Así vemos que los reyes de los indios en América, que sigue siendo un modelo de las primeras edades en Asia y Europa, cuando los habitantes eran muy pocos para el país, y la escasez de gente y dinero no daba a los hombres tentación alguna de ampliar sus posesiones de tierra ni de disputar por una mayor extensión de terreno, son poco más que generales de sus ejércitos; y aunque mandan absolutamente en la guerra, sin embargo, en su hogar y en tiempo de paz ejercen muy poco dominio y tienen una soberanía muy moderada; pues las resoluciones de paz y guerra residen ordinariamente en el pueblo o en un consejo.
Aunque la guerra misma, que no admite pluralidad de gobernantes, traslada naturalmente el mando a la sola autoridad del rey.
Y así, en el mismo Israel, el principal cometido de sus jueces y primeros reyes parece haber sido el de capitanes en la guerra y líderes de sus ejércitos; lo cual (además de lo que significa "entrar y salir delante del pueblo", que era marchar a la guerra y volver a casa a la cabeza de sus fuerzas) aparece claramente en la historia de Jefté.