vean incrementados ni mal recompensados.
Por otro lado, la honra y el apoyo, todo aquello que la gratitud requiere como retribución por los beneficios recibidos por y de ellos, es el deber indispensable del hijo y el privilegio propio de los padres.
Esto está pensado para ventaja de los padres, así como lo otro lo está para la del hijo; aunque la educación, que es el deber de los padres, parece tener más poder, porque la ignorancia y las debilidades de la infancia necesitan contención y corrección, lo cual es un ejercicio visible de gobierno y una especie de dominio.
Y aquel deber que se comprende en la palabra honra requiere menos obediencia, aunque la obligación sea mayor en los hijos crecidos que en los más pequeños; pues ¿quién puede pensar que el mandato «Hijos, obedezcan a sus padres» exige en un hombre que tiene hijos propios la misma sumisión hacia su padre que la que exige en sus hijos todavía pequeños hacia él, y que por este precepto estuviera obligado a obedecer todas las órdenes de su padre si, por un exceso de autoridad, este tuviera la indiscreción de tratarlo todavía como a un muchacho?