de naturaleza, en el que un hombre que manda a una multitud tiene la libertad de ser juez en su propia causa, y puede hacer a todos sus súbditos cuanto le plazca, sin la menor libertad para que nadie cuestione o controle a quienes ejecutan su voluntad; y en todo lo que haga, ya sea guiado por la razón, el error o la pasión, ha de ser obedecido. ¡Cuánto mejor es el estado de naturaleza, en el cual los hombres no están obligados a someterse a la voluntad injusta de otro! Y si el que juzga, juzga mal en su propia causa, o en cualquier otra, es responsable de ello ante el resto de la humanidad.
Se suele plantear como una gran objeción: «¿dónde están, o cuándo ha habido hombres en semejante estado de naturaleza?».
A lo que por ahora bastará con responder que, puesto que todos los príncipes y gobernantes de gobiernos independientes en todo el mundo se encuentran en un estado de naturaleza, es evidente que el mundo nunca ha estado, ni estará jamás, sin una multitud de hombres en dicho estado.
He nombrado a todos los gobernantes de comunidades independientes, estén o no aliados con otros: pues no todo pacto pone fin al estado de naturaleza entre los hombres, sino únicamente aquel por el cual se acuerda mutuamente entrar en una sola comunidad y formar un solo cuerpo político; los hombres pueden hacer otras promesas y pactos entre sí y seguir estando, aun así, en el estado de naturaleza.
Las promesas y los tratos de trueque, etc., entre los dos hombres en la isla desierta, mencionados por Garcilaso de la Vega en su Historia del Perú; o entre un suizo y un indio en los bosques de América, los obligan, aunque se encuentren perfectamente en un estado de naturaleza el uno respecto del otro; pues la veracidad y el cumplimiento de la palabra pertenecen a los hombres en cuanto hombres, y no como miembros de una sociedad.
A los que dicen que nunca hubo hombres en el estado de naturaleza, no solo les opondré la autoridad del prudente Hooker, *Eccl. Pol. lib. I sect.