Lo más falaz que puede decirse es que aquel que es propietario de todo el mundo puede negar el alimento al resto de la humanidad y, por lo tanto, matarla de hambre a su voluntad, si no reconocen su soberanía y obedecen su voluntad.
Si esto fuera verdad, sería un buen argumento para probar que nunca ha existido tal propiedad, que Dios nunca dio un dominio privado semejante; puesto que es más razonable pensar que Dios, que ordenó a la humanidad crecer y multiplicarse, debió más bien haber dado a todos ellos el derecho de hacer uso del alimento, el vestido y las demás comodidades de la vida —cuyos materiales les había provisto tan abundantemente—, antes que hacerlos depender para su subsistencia de la voluntad de un hombre que tuviera el poder de destruirlos a todos cuando le plazca, y que, no siendo mejor que los demás hombres, era más probable en la sucesión, mediante la escasez y la dependencia de una fortuna mezquina, atarlos a un duro servicio que, mediante una liberal concesión de las comodidades de la vida, promover el gran designio de Dios: «creced y multiplicaos»; quien dude de esto, que mire a las monarquías absolutas del mundo y vea qué es lo que ocurre con las comodidades de la vida y las multitudes de personas.
Mas sabemos que Dios no ha dejado a ningún hombre tan a merced de otro como para que pueda hacerlo morir de hambre si le place: Dios, Señor y Padre de todos, no le ha dado a ninguno de sus hijos una propiedad tal sobre su porción peculiar de las cosas de este mundo que no le haya dado a su hermano necesitado un derecho al excedente de sus bienes; de modo que no se le puede negar justamente cuando sus urgentes necesidades lo reclaman; y, por tanto, ningún hombre podría tener jamás un poder justo sobre la vida de otro por derecho de propiedad sobre la tierra o las posesiones; puesto que siempre sería un pecado, para cualquier hombre de hacienda, dejar que su hermano perezca por falta de brindarle socorro con su abundancia.