De la Conquista
Aunque los gobiernos en su origen no pueden tener otra fundación que la antes mencionada, ni la política basarse en otra cosa que en el consentimiento del pueblo; sin embargo, tales han sido los desbordes con los que la ambición ha llenado el mundo que, en el estruendo de la guerra, la cual ocupa una parte tan grande de la historia de la humanidad, apenas se toma en cuenta este consentimiento; y por ello muchos han confundido la fuerza de las armas con el consentimiento del pueblo, y consideran la conquista como uno de los orígenes de los gobiernos.
Pero la conquista está tan lejos de instituir un gobierno como demoler una casa está de construir una nueva en su lugar. En verdad, a menudo abre el camino para una nueva estructura de comunidad política al destruir la anterior; pero, sin el consentimiento del pueblo, jamás puede erigir una nueva.
Que el agresor, que se pone a sí mismo en estado de guerra con otro e invade injustamente el derecho de otro, jamás pueda, mediante semejante guerra injusta, adquirir derecho alguno sobre el conquistado, será fácilmente admitido por todos los hombres que no piensen que los ladrones y piratas tienen derecho de imperio sobre cualquiera a quien la fuerza les baste para someter; o que los hombres están obligados por promesas que una fuerza ilícita les extorsiona. Si un ladrón irrumpiera en mi casa y, con una daga en la garganta, me hiciera firmar escrituras para transferirle mi patrimonio, ¿le daría esto algún título? Exactamente tal título, mediante su espada, tiene un conquistador injusto que me fuerza a la sumisión. La injuria y el crimen son iguales, ya sean cometidos por quien lleva la corona o por un villano