relaciones de los hombres—, esta gran y fundamental autoridad, la más material y necesaria de todas las demás, permaneciera oculta y fuera ignorada durante cuatrocientos años después.
Antes de dejar esto, debo preguntar cómo sabe nuestro autor que «cuandoquiera que Dios hace elección de cualquier persona especial para ser rey, pretende que la descendencia tenga el beneficio de ello».
¿Lo dice Dios por la ley de la naturaleza o por revelación? Por esa misma ley también debe decir qué parte de su descendencia ha de disfrutar de la corona en sucesión, y señalar así al heredero, o de lo contrario dejar que su descendencia se divida o dispute por el gobierno: ambas cosas igualmente absurdas, y tales que destruirán el beneficio de tal concesión a la descendencia.
Cuando se produzca una declaración semejante de la intención de Dios, será nuestro deber creer que Dios lo pretende así; pero hasta que eso se haga, nuestro autor debe mostrarnos alguna mejor garantía antes de que estemos obligados a recibirlo como el auténtico revelador de las intenciones de Dios.