Donde no hay juez en la tierra, la apelación se dirige a Dios en el cielo. Esa pregunta, por lo tanto, no puede significar: ¿quién juzgará si otro se ha colocado en estado de guerra conmigo y si yo puedo, como hizo Jefté, apelar al cielo para resolverlo? De eso solo yo mismo puedo ser juez en mi propia conciencia, tal como habré de responder en el gran día ante el juez supremo de todos los hombres.
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III. Del estado de guerra
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