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nydus/Two Treatises of GovernmentPublic
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V. De la Propiedad

Aquel que recolectaba cien fanegas de bellotas o manzanas, adquiría con ello propiedad sobre ellas; eran sus bienes tan pronto como eran recolectadas. Solo tenía que cuidar de usarlas antes de que se echares a perder, de lo contrario tomaba más de su parte y robaba a los demás. Y en verdad era una cosa necia, además de deshonesta, acumular más de lo que podía utilizar. Si regalaba una parte a cualquier otra persona, de modo que no pereciera inútilmente en su posesión, también hacía uso de ellas. Y si además trocaba ciruelas, que se habrían podrido en una semana, por nueces que duraban en buen estado para su consumo durante todo un año, no hacía ningún daño; no malgastaba el caudal común, no destruía ninguna parte de la porción de bienes que pertenecía a otros, siempre y cuando nada pereciera inútilmente en sus manos. Asimismo, si daba sus nueces por un trozo de metal, complacido con su color; o cambiaba sus ovejas por conchas, o la lana por un guijarro brillante o un diamante, y guardaba estas cosas consigo toda su vida, no invadía el derecho de los otros; podía acumular tantos de estos objetos duraderos como le pluguiera, pues la extralimitación de los límites de su justa propiedad no radicaba en la magnitud de su posesión, sino en que algo pereciera inútilmente en ella.

Y así vino el uso del dinero, alguna cosa duradera que los hombres pudieran conservar sin que se echara a perder, y que, por mutuo consentimiento, la gente tomaría a cambio de los soportes de la vida verdaderamente útiles, pero perecederos.

Y así como los diferentes grados de laboriosidad tendían a dar a los hombres posesiones en distintas proporciones, esta invención del dinero les dio la oportunidad de continuarlas y ampliarlas: > pues supongamos una isla, separada de todo comercio posible con el resto del mundo, en la que hubiera tan

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