hijos por haberlos engendrado, correspondió, inmediatamente tras el fallecimiento de Adán, por igual a todos sus hijos que tenían hijos, por el mismo título que lo tenía su padre, la soberanía fundada en la propiedad y la soberanía fundada en la paternidad resultan estar divididas; puesto que Caín, como heredero, tenía el de la propiedad exclusivamente; Set y los demás hijos, el de la paternidad en igualdad de condiciones con él. Esto es lo mejor que puede hacerse con la doctrina de nuestro autor y con los dos títulos de soberanía que establece en Adán: uno de ellos o bien no significará nada; o, si ambos deben subsistir, solo pueden servir para confundir los derechos de los príncipes y trastornar el gobierno en su posteridad: pues al basarse en dos títulos de dominio que no pueden descender juntos, y que él admite que pueden separarse (ya que concede que «los hijos de Adán tenían sus territorios distintos por derecho de dominio privado», O. 210, p. 40), hace que, según sus principios, sea perpetuamente
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VII. De la paternidad y la propiedad consideradas conjuntamente como fuentes de la soberanía
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