Para convencerse de ello, no tiene más que leer la historia del levita, y la subsiguiente guerra contra los benjamitas, en los tres últimos capítulos del Jueces; y cuando descubra que el levita apela al pueblo en busca de justicia, que fueron las tribus y la congregación las que debatieron, resolvieron y dirigieron todo lo que se hizo en aquella ocasión, tendrá que concluir o bien que Dios no se «preocupó de preservar la autoridad paterna» entre su propio pueblo escogido, o bien que la autoridad paterna puede preservarse donde no hay un gobierno monárquico; si lo segundo, se seguirá que, por muy bien probada que esté la autoridad paterna, ello no inferirá la necesidad de un gobierno monárquico; si lo primero, parecerá muy extraño e improbable que Dios haya ordenado que la autoridad paterna sea tan sagrada entre los hijos de los hombres que no pueda haber poder ni gobierno sin ella, y que, sin embargo, entre su propio pueblo —incluso mientras les proporciona un gobierno y en él prescribe normas para los distintos estados y
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XI. ¿Quién heredero?
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