En el versículo 26, donde Dios declara su intención de dar este dominio, es evidente que su propósito era crear una especie de criaturas que tuvieran dominio sobre las otras especies de este globo terráqueo.
Las palabras son: «Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces», etc.
Entonces, ellos habrían de tener el dominio. ¿Quiénes? Incluso aquellos que habrían de tener la imagen de Dios, los individuos de esa especie de hombre que él iba a crear; pues que ese «ellos» signifique a Adán individualmente, excluyendo al resto que estaría en el mundo con él, va en contra tanto de las escrituras como de toda razón; y no puede cobrar sentido en modo alguno si «hombre» en la primera parte del verso no significa lo mismo que «ellos» en la segunda; solo que «hombre» allí, como es habitual, se toma por la especie, y «ellos» por los individuos de dicha especie: y tenemos una razón en el mismo texto.
Dios lo hace «a su propia imagen, conforme a su semejanza; lo hace criatura intelectual, y por tanto capaz de dominio»: pues en cualquier otra cosa que consistiera la imagen de Dios, la naturaleza intelectual era ciertamente parte de ella, y pertenecía a toda la especie, y los facultaba para tener dominio sobre las criaturas inferiores; y por tanto dice David en el octavo salmo antes citado: «Le has hecho un poco menor que los ángeles, le has hecho tener dominio».
No es de Adán el rey de quien habla David aquí, pues por el versículo 4 es evidente que es del hombre, y del hijo del hombre, de la especie del género humano.
Y que esta concesión hecha a Adán le fue otorgada a él y a toda la especie humana, resulta claro a partir de la propia prueba de nuestro autor tomada del salmista. > «La tierra —dice el salmista— la ha dado a los hijos de los hombres, lo cual demuestra que el título proviene de