No pálidos de los fetiches de Asia, Ni rojos del viejo matadero dinástico de Europa, (Zona de tramas de asesinato de los tronos, con aroma aún de guerras y patíbulos por todas partes), Sino venidos de los largos e inofensivos dolores de parto de la Naturaleza, edificados pacíficamente desde allí, Estas tierras vírgenes, tierras de la orilla occidental, Al nuevo hombre culminante, a ti, el imperio nuevo, Prometido por mucho tiempo, lo empeñamos, lo dedicamos.
Vosotras ocultáis profundas voliciones, Vosotros que promediáis la virilidad espiritual, propósito de todo, equilibrados sobre vosotros mismos, dando y no tomando la ley, Tú, divinidad de la mujer, dueña y fuente de todo, de donde brotan la vida y el amor y cuanto proviene de la vida y del amor, Vosotras, invisibles esencias morales de todos los vastos materiales de América, (trabajando siglo tras siglo en la muerte lo mismo que en la vida,) Vosotras que, a veces conocidas, más a menudo desconocidas, en verdad dais forma y moldeáis al Nuevo Mundo, ajustándolo al Tiempo y al Espacio, Tú, voluntad nacional oculta que yaces en tus abismos, encubierta pero siempre alerta, Vosotros, propósitos pasados y presentes tenazmente perseguidos, tal vez inconscientes de vosotros mismos, Inquebrantables ante todos los errores pasajeros, perturbaciones de la superficie; Vosotros, gérmenes vitales, universales, inmortales, por debajo de todos los credos, artes, estatutos, literaturas,