Quizás el mejor de los cantos escuchados, o de cualquier amor verdadero y de todos, o de los episodios más bellos de la vida, o de las duras escenas de marinos y soldados en la tierra o en el mar, sea el resumen de ellos, o de cualquiera de ellos, mucho tiempo después, al contemplar las realidades en un pasado lejano, cuando ya se han ido todas sus excitaciones prácticas.
¡Cómo le gusta al alma flotar en medio de tales reminiscencias!
Así me siento aquí charlando a la temprana luz de las velas de la vejez—yo y mi libro—echando miradas hacia atrás sobre nuestro camino recorrido. Tras completar, por así decirlo, el viaje—(un variado paseo de años, con muchas paradas e intervalos vacíos—o algún prolongado viaje en barco, en el que más de una vez la última hora había llegado aparentemente, y parecía sin duda que nos índice a pique—llegando sin embargo a puerto de manera suficiente a través de todos los descalabros al fin)—Tras completar mis poemas, tengo la curiosidad de reseñarlos a la luz de sus propias intenciones (en su momento inconscientes, o mayormente inconscientes), con ciertos despliegues de los treinta años que buscan encarnar. Estas líneas, por lo tanto, probablemente mezclarán la trama de los propósitos y especulaciones iniciales, con la urdimbre de aquella experiencia posterior, trayendo siempre extraños desarrollos.
Resultado de siete u ocho etapas y luchas que se extendieron a lo largo de casi treinta años, (mientras me acerco a mis setenta años vivo en gran parte del recuerdo,) considero a Leaves of Grass, ahora concluido hasta el límite