En nubes flotantes, en miríadas numerosas, o en escuadrones de dos o tres o solitarios vienen, Y silenciosamente se reúnen a mi alrededor.
Ahora no toquen ninguna nota, oh trompeteros,
- Ni a la cabeza de mi caballería desfilando en bridones briosos,
- Con los sables desenvainados y relucientes, y las carabinas junto a los muslos,
(¡ay, mis valientes jinetes! ¡Mis apuestos jinetes de rostros tostados! Qué vida, qué alegría y orgullo, con todos los peligros que fueron suyos).
Ni ustedes, los tamboristas, ni en la diana al alba, Ni el largo repique que alarma al campamento, ni siquiera el golpe sordo para un entierro, Nada de ustedes esta vez, oh tamboristas que portáis mis tambores guerreros.
Pero aparte de estos y los emporios de riqueza y el concurrido paseo,
Admitiendo a mi alrededor camaradas cercanos invisibles para los demás y sin voz, Los caídos gozosos y vivos otra vez, el polvo y los escombros vivos,
Yo canto este canto de mi alma silenciosa en nombre de todos los soldados muertos.
Rostros tan pálidos de ojos maravillosos, muy queridos, acercaos aún más,
Acercaos, pero no habléis.
Fantasmas de innumerables perdidos, Invisibles para los demás, desde ahora se vuelven mis compañeros, Síganme siempre—no me abandonen mientras viva.