De los grandes poemas recibidos del extranjero y de las épocas, y que hoy envuelven y penetran a América, ¿hay uno que sea coherente con estos Estados Unidos, o esencialmente aplicable a ellos tal como son y han de ser? ¿Hay uno cuya base subyacente no sea una denegación y un insulto a la democracia?
¡Qué comentario forma, de cualquier manera, sobre esta era de culminación literaria, con el espléndido amanecer de la ciencia y la resucitación de la historia, el hecho de que nuestras principales obras religiosas y poéticas no sean nuestras, ni estén adaptadas a nuestra luz, sino que nos hayan sido proporcionadas por épocas muy lejanas desde su arrière y su oscuridad, o, a lo sumo, ¡desde su penumbra crepuscular!
¿Qué hay en esas obras que domina de manera tan imperiosa y desdeñosa toda nuestra civilización y cultura avanzadas?
Aun Shakespeare, que tan profundamente impregna las letras y el arte actuales (los cuales, en efecto, en su mayor grado han surgido de él), pertenece esencialmente al pasado sepultado. Tan solo ostenta la orgullosa distinción, para ciertas fases importantes de ese pasado, de ser el más elevado de los videntes a los que la vida ha dado voz hasta ahora. Todo, sin embargo, se relaciona y se sustenta en condiciones, normas, políticas, sociologías y gamas de creencias que han sido completamente eliminadas del hemisferio oriental, y que jamás existieron en el occidental. Como tipos autorizados de canto, pertenecen a América casi tanto como las personas y las instituciones que describen. Es verdad, se podrá decir, que las naturalezas emocional, moral y estética de la humanidad no han cambiado radicalmente —que en ellas los viejos poemas se aplican a nuestros tiempos y a todos los tiempos, sin distinción de fechas— y que poseen un valor incalculable como imágenes del pasado. Con gusto hago tales concesiones, y en toda su extensión; para luego presentar los siguientes puntos como de seria, e incluso primordial, importancia.