al forjador sepultado en su fragua, Los cadáveres en las aguas anegadoras y en el fango, Los miles reunidos en sus túmulos funerarios, y los miles nunca hallados ni reunidos.
Luego de sepultar, de llorar a los muertos, (Fieles a ellos hallados o no hallados, sin olvidar, cargando con el pasado, aquí una nueva meditación),
Un día —un momento fugaz o una hora— la América misma se inclina,
Silenciosa, resignada, sumisa.
Guerra, muerte, un cataclismo así, América,
Llévalo hondo a tu orgulloso y próspero corazón.
Aun mientras canto, ¡he aquí! de la muerte, y del cieno y el fango,
- Los capullos floreciendo con rapidez, la simpatía, la ayuda, el amor,
- Desde el Oeste y el Este, desde el Sur y el Norte y allende el mar,
- Sus corazones y manos arrebatados la humanidad en auxilio del hombre avanza;
Y desde adentro aún un pensamiento y una lección.
¡Tú, globo siempre lanzarte! ¡A través del espacio y el aire! ¡Tú, aguas que nos circundáis! ¡Tú que en toda la vida y muerte nuestra, en la acción o en el sueño! ¡Tú, leyes invisibles que penetráis en ellas y en todo, ¡Tú que en todo, y sobre todo, y a través y debajo de todo, incesante! ¡Tú! ¡tú! la fuerza vital, universal, gigante, incontenible, insomne, serena,