Luego los ojos se cierran, con calma se cierran, y me apresuro hacia la oscuridad, Reanudando, marchando, siempre en la oscuridad marchando, en las filas adelante, Por el camino desconocido aún marchando.
Una visión en el campamento en la madrugada gris y penumbrosa
Una visión en el campamento en el alba gris y tenue, Al emerger de mi tienda tan temprano sin sueño, Al caminar lento por el aire fresco y puro por el sendero cerca de la tienda del hospital, Tres formas veo en camillas yacentes, sacadas allí yacentes sin atender, Sobre cada una la frazada extendida, amplia frazada de lana pardusca, Gris y pesada frazada, plegándose, cubriéndolo todo.
Curioso me detengo y en silencio permanezco,
Luego con dedos ligeros del rostro del más cercano levanto apenas la manta;
¿Quién eres tú, anciano tan flaco y severo, de cabello muy entrecano, y carne hundida alrededor de los ojos?
¿Quién eres tú, mi querido camarada?
Luego al segundo paso —y ¿quién eres tú, hijo mío y mi adorado? ¿Quién eres, tierno muchacho de mejillas aún floridas?
Luego al tercero—un rostro ni de niño ni de viejo, muy sereno, como de hermoso marfil blanco amarillento; Joven creo que te conozco—creo que este rostro es el rostro del mismo Cristo, Muerto y divino y hermano de todos, y aquí yace de nuevo.