Cumbres relucientes de la vejez
El toque de la llama—el fuego esclarecedor—la mirada más sublime al fin, Sobre ciudad, pasión, mar—sobre pradera, montaña, bosque—la tierra misma; Los matices aéreos, diversos, cambiantes de todo, en el crepúsculo que cae, Objetos y grupos, orientaciones, rostros, reminiscencias; La visión más serena—el poniente dorado, claro y amplio: Tanto en la atmósfera, los puntos de vista, las situaciones desde donde escrutamos, Revelados solo por ellos—tanto (tal vez lo mejor) antes no tomado en cuenta; Las luces en verdad procedentes de ellos—los picos fulgurantes de la vejez.
Después de la cena y la charla
Después de la cena y la charla—después de que el día ha terminado, Como un amigo de otros amigos su retirada final prolongando, Adiós y Adiós con labios emocionados repitiendo, (Qué difícil para su mano soltar esas manos—no volverán a encontrarse, No más para la comunión de pena y alegría, de ancianos y jóvenes, Un viaje de largo alcance le espera, para no regresar jamás,) Evitando, posponiendo la ruptura—procurando alejar la última palabra siquiera un poco, Incluso en la puerta de salida girando—encargos superfluos recordando—incluso al bajar los escalones, Algo para estirar un minuto adicional—las sombras del anochecer profundizándose, Despedidas, mensajes menguando—más tenue el rostro y la figura del que se marcha, Pronto para perderse para siempre en la oscuridad—renuente, ¡oh, tan renuente a partir! Parlanchín hasta el último momento.