Primeros Oh cantos para un preludio
Primeros oh cantos para un preludio, Tocad suavemente el parche tendido orgullo y alegría en mi ciudad, Cómo guio a los demás a las armas, cómo dio la señal, Cómo de pronto con miembros ágiles sin aguardar un momento se lanzó, (¡Oh soberbia! ¡Oh Manhattan, la mía, mi inigualable! ¡Oh la más fuerte tú en la hora de peligro, en la crisis! ¡Oh más verdadera que el acero!) Cómo te lanzaste —cómo te quitaste los ropajes de la paz con mano indiferente, Cómo tu suave música de ópera cambió, y el tambor y el pífano se escucharon en su lugar, Cómo guio a la guerra, (eso servirá para nuestro preludio, cantos de soldados,) Cómo los redobles de Manhattan guiaron.
Cuarenta años había visto yo en mi ciudad marchar a los soldados, Cuarenta años como un desfile, hasta que de improviso la señora de esta ciudad bulliciosa y desbordante, Insomne entre sus barcos, sus casas, su incalculable riqueza, Con su millón de hijos a su alrededor, de repente, A altas horas de la noche, ante las noticias del sur, Indignada golpeó con el puño cerrado el pavimento.
Una descarga eléctrica, la noche la sostuvo,
Hasta que con zumbido ominoso al amanecer nuestra colmena vertió sus miríadas.
De las casas entonces y de los talleres, y por todas las puertas, Saltaron tumultuosos, ¡y he aquí a Manhattan armándose!
Ante el llamado urgente de los tambores, Los jóvenes formándose y armándose,