Los mecánicos armándose, (la llana, el garlopín, el martillo del herrero, arrojados a un lado con precipitación,) El abogado dejando su despacho y armándose, el juez abandonando el tribunal, El cochero abandonando su carro en la calle, saltando, arrojando bruscamente las riendas sobre el lomo de los caballos, El dependiente dejando la tienda, el patrón, el tenedor de libros, el mozo, todos marchándose; Grupos se reúnen por todas partes por mutuo acuerdo y se arman, Los nuevos reclutas, incluso los muchachos, los ancianos les enseñan a llevar el equipo, les abrochan las correas con cuidado, Afuera armándose, adentro armándose, el destello de los cañones de los fusiles, Las tiendas blancas se agrupan en campamentos, los centinelas armados alrededor, el cañón del amanecer y otra vez al atardecer, Regimientos armados llegan todos los días, cruzan la ciudad y se embarcan en los muelles, (¡Qué bien se ven al marchar hacia el río, sudorosos, con sus fusiles al hombro! ¡Cómo los amo! ¡cómo podría abrazarlos, con sus rostros bronceados y sus ropas y mochilas cubiertas de polvo!)
La sangre de la ciudad alzada—¡a las armas! ¡a las armas!, el grito por todas partes, Las banderas flameando en los chapiteles de las iglesias y en todos los edificios públicos y tiendas, La despedida en lágrimas, la madre besa a su hijo, el hijo besa a su madre, (A la madre le pesa separarse, mas ni una sola palabra pronuncia para retenerlo,)