He dejado ya constancia en otra parte de mi reverencia y elogio hacia esos legados poéticos jamás superados, y de su indescriptible valor como bienes de familia para América.
Otro punto, distinto y separado, debe manifestarse ahora con franqueza. Si no me hubiera detenido ante esos poemas con la cabeza descubierta, plenamente consciente de su colosal grandeza y de su belleza de forma y espíritu, no habría podido escribir Hojas de hierba.
Mi veredicto y mis conclusiones, tal como se ilustran en sus páginas, se alcanzaron a través del temple y la enseñanza de las viejas obras tanto como a través de cualquier otra cosa —tal vez más que a través de cualquier otra cosa—. Así como América, interpretada cabal y justamente, es el resultado legítimo y el producto evolutivo del pasado, me atrevería a reclamarlo para mi verso.
Sin pararme a matizar la aseveración, el Viejo Mundo ha tenido los poemas de mitos, ficciones, feudalismo, conquista, casta, guerras dinásticas y espléndidos personajes y asuntos excepcionales, los cuales han sido grandes; pero el Nuevo Mundo necesita los poemas de las realidades, de la ciencia, del promedio democrático y de la igualdad básica, los cuales habrán de ser mayores.
En el centro de todo, y como objeto de todo, se halla el Ser Humano, hacia cuya evolución heroica y espiritual tienden los poemas y todo lo demás, directa o indirectamente, ya sea del Viejo Mundo o del Nuevo.
Siguiendo con el tema, mis amigos me han sugerido más de una vez —o tal vez me esté invadiendo la garrulería de la edad avanzada— algunos otros hechos embrionarios de Hojas de hierba, y especialmente cómo me adentré en ellas. El Dr. Bucke ya ha descrito amplia y lealmente en su volumen la preparación de mi campo poético, con la labranza, la plantación, la siembra y la ocupación particulares y generales del terreno, hasta que todo quedó fertilizado, enraizado y listo para seguir su propio