El Gran Mar, el hervor de islas, Polinesia, la costa más allá, ¡La costa que desde ahora estás mirando —tú, Libertad!, desde tus occidentales doradas orillas, Los países allí con sus poblaciones, las masas de millones curiosamente aquí, Los bulliciosos mercados, los templos con ídolos alineados a los lados o al fondo, bonzo, brahmán y lama, Mandarín, labrador, comerciante, artesano y pescador, La cantante y la bailarina, los extáticos, los emperadores recluidos, el mismísimo Confucio, los grandes poetas y héroes, los guerreros, las castas, todos, Desfilando en tropel, agolpándose desde todas las direcciones, desde los montes Altái, Desde Tíbet, desde los cuatro ríos serpenteantes y de largo curso de China, Desde las penínsulas meridionales y las islas semicontinentales, desde Malasia, Estos y cuanto les pertenece se manifiestan palpables ante mí, y son apresados por mí, Y yo soy apresado por ellos, y sostenido amistosamente por ellos, Hasta que a todos ellos aquí los canto, ¡Libertad!, por ellos mismos y por ti.
Pues yo también alzando mi voz me uno a las filas de este desfile, soy el cantor, canto en voz alta sobre el desfile, canto al mundo en mi mar Occidental, canto copiosas las islas más allá, espesas como estrellas en el cielo, canto al nuevo imperio más grandioso que ninguno de antes, tal como en visión llega a mí, canto a América la dueña, canto a una supremacía mayor, canto proyectadas mil ciudades florecientes aún a su tiempo en esos grupos de islas marinas, Mis barcos de vela y vapores surcando los archipiélagos, Mis barras y estrellas ondeando al viento, El comercio abriéndose, hecho ya el trabajo del sueño de los siglos, razas renacidas, refrescadas, Vidas, obras reanudadas—el objeto no lo sé—sino