O si es de alma más seria, puede haberse hallado durante su viaje en lugares célebres. Tras hacerse presente y arrojar una mirada furtiva al monumento, enterraba la cabeza en el Baedeker, leía cada palabra de cabo a rabo y pasaba al siguiente lugar célebre; y regresaba así con una impresión compacta y ordenada de Europa, calificada con una estrella, o dos.
En cierta medida, los estímulos del exterior, especialmente cuando son palabras impresas o habladas, evocan alguna parte de un sistema de estereotipos, de modo que la sensación real y la preconcepción ocupan la consciencia al mismo tiempo.
Los dos se entrelazan, casi como si miráramos el rojo a través de gafas azules y viéramos verde. Si aquello que miramos se corresponde con éxito con lo que anticipábamos, el estereotipo se refuerza para el futuro, tal como le ocurre a un hombre que sabe de antemano que los japoneses son astutos y tiene la mala suerte de cruzarse con dos japoneses deshonestos.
Si la experiencia contradice al estereotipo, ocurre una de dos cosas. Si el hombre ya no es moldeable, o si algún interés poderoso hace sumamente inconveniente reorganizar sus estereotipos, desestima la contradicción como una excepción que confirma la regla, desacredita al testigo, encuentra alguna falla en alguna parte y se las arregla para olvidarla. Pero si aún es curioso y de mente abierta, la novedad se incorpora al panorama y se le permite modificarlo. A veces, si el incidente es lo suficientemente llamativo y si ha sentido una incomodidad general con su esquema establecido, puede verse estremecido hasta el punto de desconfiar de todas las maneras aceptadas de ver la vida y de esperar que, por lo general, una cosa no sea lo que se supone generalmente que es. En el caso extremo, especialmente si es de inclinación literaria, puede desarrollar la pasión de invertir el canon moral haciendo de Judas, Benedict Arnold o César Borgia el héroe de su relato.
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