extendieron de un lugar a otro, fueron reproducidos por la prensa y pronto permearon a toda Alemania. Se decía que el pueblo belga, instigado por el clero, había intervenido pérfidamente en las hostilidades; había atacado por sorpresa a destacamentos aislados; había indicado al enemigo las posiciones ocupadas por las tropas; que los ancianos, e incluso los niños, se habían hecho culpables de horribles atrocidades contra los soldados alemanes heridos e indefensos, arrancándoles los ojos y cortándoles los dedos, la nariz o las orejas; que los sacerdotes desde sus púlpitos habían exhortado a la gente a cometer estos crímenes, prometiéndoles como recompensa el reino de los cielos, y se habían puesto incluso a la cabeza de esta barbarie.
"La credulidad pública aceptaba estas historias. Los más altos poderes del Estado las acogieron sin vacilar y las respaldaron con su autoridad…
"De este modo, la opinión pública en Alemania se turbó y se manifestó una viva indignación, dirigida especialmente contra los sacerdotes, a quienes