Puede, mediante cursos de historia comparativa y antropología, producir una toma de conciencia perdurable sobre la manera en que los códigos imponen un patrón especial a la imaginación. Puede enseñar a los hombres a sorprenderse a sí mismos haciendo alegorías, dramatizando relaciones y personificando abstracciones. Puede mostrar al alumno cómo se identifica a sí mismo con estas alegorías, cómo se interesa y cómo selecciona la actitud —heroica, romántica, económica— que adopta mientras sostiene una opinión particular.
El estudio del error no es solo en el grado más alto profiláctico, sino que sirve como una estimulante introducción al estudio de la verdad. A medida que nuestras mentes cobran más profunda conciencia de su propio subjetivismo, hallamos un deleite en el método objetivo que de otro modo no existiría. Vemos vívidamente, como normalmente no lo haríamos, el enorme daño y la crueldad casual de nuestros prejuicios. Y la destrucción de un prejuicio, aunque dolorosa al principio, debido a su conexión con nuestra autoestima, proporciona un inmenso alivio y un gran orgullo cuando se realiza con éxito. Se produce una ampliación radical del campo de la atención. A medida que las categorías corrientes se disuelven, una versión dura y simple del mundo se desmorona. El escenario se vuelve vívido y pleno.
De ahí se deriva un incentivo emocional para apreciar de veras el método científico, algo que de otro modo no es fácil de despertar y resulta imposible de mantener. Los prejuicios son mucho más fáciles y divertidos. Pues si enseñas los principios de la ciencia como si siempre hubiesen sido aceptados, su principal virtud como disciplina, que es la objetividad, los volverá aburridos. Pero si los enseñas primero como victorias sobre las supersticiones de la mente, la exhilaración de la caza y de la conquista podrá llevar al alumno a través de esa difícil transición desde su propia experiencia limitada al yo hasta la fase en que su curiosidad haya madurado y su razón haya adquirido pasión.