esos mercados, y la cultura de la clase alta era ruritana. Bajo el principio de la superioridad cultural y la necesidad de defender la civilización, las tierras fueron reclamadas.
Por fin, había un puerto totalmente desconectado de Ruritania geográfica, étnica, económica, histórica y tradicionalmente. Fue exigido bajo el argumento de que era necesario para la defensa nacional.
En los tratados que concluyeron la Gran Guerra pueden multiplicarse los ejemplos de esta clase.
Ahora bien, no deseo dar a entender que creo que fuera posible reorganizar Europa de manera coherente basándose en uno solo de estos principios. Estoy seguro de que no lo era. El uso mismo de estos principios, tan pretenciosos y tan absolutos, significaba que el espíritu de acomodo no prevalecía y que, por tanto, la sustancia de la paz no estaba allí.
En el momento en que empiezas a discutir sobre fábricas, minas, montañas, o incluso autoridad política, como ejemplos perfectos de algún principio eterno u otro, no estás discutiendo, estás peleando.
- Ese principio eterno censura todas las objeciones, aísla el problema de su trasfondo y su contexto, y pone en marcha en ti una emoción intensa, muy apropiada para el principio, pero de todo punto inapropiada para los muelles, los almacenes y los bienes raíces.
Y habiendo empezado con ese estado de ánimo no puedes parar. Existe un peligro real. Para enfrentarlo tienes que invocar principios más absolutos con el fin de defender lo que está expuesto al ataque. Luego tienes que defender las defensas, erigir amortiguadores, y amortiguadores para los amortiguadores, hasta que todo el asunto está tan enmarañado que parece menos peligroso luchar que seguir hablando.