Para los vencidos y las víctimas, el retrato oficial era, por supuesto, irreconocible. Pues mientras aquellos que ejemplificaban el progreso no se detenían a menudo a preguntar si habían llegado según la ruta trazada por los economistas, o por alguna otra igualmente acreditada, la gente fracasada sí preguntaba. «Nadie», dice William James, [Footnote: The Letters of William James, Vol. I, p.65] «ve más allá en una generalización de lo que se extiende su propio conocimiento del detalle». Los capitanes de la industria veían en los grandes trusts monumentos a (su) éxito; sus competidores derrotados veían los monumentos a (su) fracaso. Así pues, los capitanes exponían las economías y virtudes de los grandes negocios, pedían que los dejaran en paz, decían que eran los agentes de la prosperidad y los desarrolladores del comercio. Los vencidos insistían en los despilfarros y las brutalidades de los trusts, y exigían a gritos al Departamento de Justicia que librara a los negocios de las conspiraciones. En la misma situación, un bando veía progreso, economía y un desarrollo espléndido; el otro, reacción, extravagancia y una limitación del comercio. Se publicaron volúmenes de estadísticas, anécdotas sobre la verdad real y la verdad íntima, la verdad más profunda y amplia, para probar ambas posturas de la discusión.
Porque cuando un sistema de estereotipos está bien fijado, nuestra atención es atraída hacia aquellos hechos que lo apoyan, y desviada de aquellos que lo contradicen.
Así que tal vez sea porque están sintonizadas para encontrarla por lo que las personas bondadosas descubren tantas razones para la bondad, y las maliciosas tanta malicia. Hablamos con total exactitud cuando decimos que vemos a través de lentes de color de rosa o con ojos biliosos.
Si, como Philip Littell escribió una vez sobre un distinguido profesor, vemos la vida como a través de una clase oscura, nuestros estereotipos sobre cómo son la mejor gente y las clases bajas no se verán contaminados por la comprensión.